martes, 8 de marzo de 2016

Ella creció leyendo historias fantásticas donde los buenos siempre ganan. Luego entendió que los buenos casi siempre pierden y que los malos eventualmente perderán también. Y que quien interpreta al malo o al bueno depende de quien lo mire y que si la miran desde afuera, ella será la villana hoy.

Ella también creció rodeada de ideales revolucionarios que no supo poner en práctica y que la atormentan cada vez que se queda en silencio. También la atormentan algunas enseñanzas como “no le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan” o “con la violencia no se llega a nada”. Pero así también cree que puede convivir con un tormento más hasta que su cuerpo aguante.

Ella creció lo suficiente para saber que debe atenerse a las consecuencias y que las consecuencias significan que -al menos- hizo algo.

Ella tomó un decisión.

Esa mañana, cuando el correo tocó a su puerta ya sabía lo que llegaría en el paquete. Había hecho la compra por internet algunas semanas antes y lo desenvolvió sin ceremonia. Guardó la lata de gas pimienta en la mochila que tenía preparada sobre la cama desde el momento en que clickeó “comprar”.

Para ella, que a los 10 años le expusieron un pito en la cara. Que a los 15 intentaron violarla. Que a los 20 le tocaron el culo. Que a los 25 todavía le dicen cosas en la calle. Para ella, su accionar será la respuesta lógica.

Se mira en el espejo antes de emprender su misión. La naturaleza no la hizo voluptuosa de pecho pero su silueta se estrecha en la cintura y ensancha notoriamente en las caderas. Su blusa no tiene un escote pronunciado y los breteles de su corpiño no se asoman. No hay vientre a la vista y los jeans no ajustan casi nada. Cero maquillaje y zapatillas de lona. Es lo que ella viste todos los días y se maldice a sí misma por tener que comprobar tres veces que nada de su atuendo sea excusa para llamar la atención.

Toma su mochila y sale a la calle.

Normalmente, ella usaría auriculares para llegar a donde quiere, pero no hoy. Porque la música le impediría escuchar al hombre que, como si estuviera hablando del clima, le dice que le rompería el orto. Normalmente, ella haría oídos sordos pero hoy no hay acordes que impidan que vuelva sobre sus pasos. Normalmente, ella habría continuado su camino pero hoy alcanzó al sujeto que le rompería el orto y le toca el hombro.

No es un día como cualquiera otro y ella considera que no hay derecho a réplica que valga. Por eso, apenas el hombre se da la vuelta, le aplica el gas pimienta directo en los ojos.

“Seguramente le vino”.
“Apuesto a que el tipo le puso los cuernos”.
“El pobre debió cogerla mal”.

Ella sabe lo que piensan las personas que la están viendo.

Nadie se interpone, sin embargo, y la dejan golpear al hombre hasta que lo tiene doblado sobre su estómago en la vereda.

Ella en ningún momento se detuvo a revisar el contenido de la billetera de él, o si iba bien o mal vestido, o si su tez era un jodido arcoíris coronado de cabello rubio, morocho, colorado o azul. Tampoco se va del lugar después de arrastrar al tipo hasta el semáforo de la esquina y atarlo al poste, medio inconsciente. Ella se queda allí, tras colgarle en el cuello un cartel con la tinta aún fresca del fibrón rojo: “TE ROMPERÍA EL ORTO”.

Ella sabe que debe atenerse a las consecuencias y por esa razón no se mueve de donde está. Porque las consecuencias significan que hizo algo.

Ella tomó una decisión.


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