Ella creció leyendo historias
fantásticas donde los buenos siempre ganan. Luego entendió que los
buenos casi siempre pierden y que los malos eventualmente perderán
también. Y que quien interpreta al malo o al bueno depende de quien
lo mire y que si la miran desde afuera, ella será la villana hoy.
Ella también creció rodeada de
ideales revolucionarios que no supo poner en práctica y que la
atormentan cada vez que se queda en silencio. También la atormentan
algunas enseñanzas como “no le hagas a los demás lo que no
quieres que te hagan” o “con la violencia no se llega a nada”.
Pero así también cree que puede convivir con un tormento más hasta
que su cuerpo aguante.
Ella creció lo suficiente para saber
que debe atenerse a las consecuencias y que las consecuencias
significan que -al menos- hizo algo.
Ella tomó un decisión.
Esa mañana, cuando el correo tocó a
su puerta ya sabía lo que llegaría en el paquete. Había hecho la
compra por internet algunas semanas antes y lo desenvolvió sin
ceremonia. Guardó la lata de gas pimienta en la mochila que tenía
preparada sobre la cama desde el momento en que clickeó “comprar”.
Para ella, que a los 10 años le
expusieron un pito en la cara. Que a los 15 intentaron violarla. Que
a los 20 le tocaron el culo. Que a los 25 todavía le dicen cosas en
la calle. Para ella, su accionar será la respuesta lógica.
Se mira en el espejo antes de emprender
su misión. La naturaleza no la hizo voluptuosa de pecho pero su
silueta se estrecha en la cintura y ensancha notoriamente en las
caderas. Su blusa no tiene un escote pronunciado y los breteles de su
corpiño no se asoman. No hay vientre a la vista y los jeans no
ajustan casi nada. Cero maquillaje y zapatillas de lona. Es lo que
ella viste todos los días y se maldice a sí misma por tener que
comprobar tres veces que nada de su atuendo sea excusa para llamar la
atención.
Toma su mochila y sale a la calle.
Normalmente, ella usaría auriculares
para llegar a donde quiere, pero no hoy. Porque la música le
impediría escuchar al hombre que, como si estuviera hablando del
clima, le dice que le rompería el orto. Normalmente, ella haría
oídos sordos pero hoy no hay acordes que impidan que vuelva sobre
sus pasos. Normalmente, ella habría continuado su camino pero hoy
alcanzó al sujeto que le rompería el orto y le toca el hombro.
No es un día como cualquiera otro y
ella considera que no hay derecho a réplica que valga. Por eso,
apenas el hombre se da la vuelta, le aplica el gas pimienta directo
en los ojos.
“Seguramente le vino”.
“Apuesto a que el tipo le puso los
cuernos”.
“El pobre debió cogerla mal”.
Ella sabe lo que piensan las personas
que la están viendo.
Nadie se interpone, sin embargo, y la
dejan golpear al hombre hasta que lo tiene doblado sobre su estómago
en la vereda.
Ella en ningún momento se detuvo a
revisar el contenido de la billetera de él, o si iba bien o mal
vestido, o si su tez era un jodido arcoíris coronado de cabello
rubio, morocho, colorado o azul. Tampoco se va del lugar después de
arrastrar al tipo hasta el semáforo de la esquina y atarlo al poste,
medio inconsciente. Ella se queda allí, tras colgarle en el cuello
un cartel con la tinta aún fresca del fibrón rojo: “TE ROMPERÍA
EL ORTO”.
Ella sabe que debe atenerse a las
consecuencias y por esa razón no se mueve de donde está. Porque las
consecuencias significan que hizo algo.
Ella tomó una decisión.
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